Aprenda a renovar su vida

 

Nada más renovador para el espíritu que ser otro sin dejar de ser el mismo. Viva su propia metamorfosis y salga renovado de la transformación.

 

 

Jorge Bucay, un psicoterapeuta gestáltico de Buenos Aires, afirma que “encerrados en la cárcel de nuestra identidad, perdemos toda alternativa de explorar cómo es eso de ser alguien nuevo cada día”. Y es esta una frase muy cierta, pues cada uno de nosotros parece haber aprendido una forma de ser, un libreto memorizado de un personaje que aparentemente nos encanta interpretar, y que no abandonamos muy a pesar de que el entorno que nos rodea, varíe.

Sólo unos pocos se lanzan a la tarea de cambiar de ropaje. De niños, jugábamos a los personajes, y nos gustaba la faceta de ser otro. Pero muchos adultos eligieron ser de cierta manera, y se quedaron pegados a esa máscara, a ese disfraz, a un rol del que parecen estar enamorados a pesar de que muchas veces sean absolutamente infelices interpretándolo.

Personajes de personajes

¿Cuál es el suyo? ¿Es acaso el tímido que le cuesta ponerle el pecho a la vida, o el hombre superpoderoso que todo lo soluciona? ¿O más bien juega a ser la mujer fatal que coquetea con todos los de la oficina para echárselos al bolsillo y lograr sus favores? ¿O escogió el rol de madre abnegada que alimenta su drama día a día?

Sólo basta que usted, allí sentado, mire detenidamente “el ropaje” que lleva, los gestos que hace, la manera como habla, su caminar, las formas de relacionarse con los otros, para que identifique su personaje. Ser de una u otra forma no es el problema, el problema es aferrarse a esa única forma de ser, una identidad enquistada que se vuelve pesada, que empieza a constituirse en una cárcel que nos impide crecer. Inconscientemente nos aferramos a ella porque creemos que nos da seguridad, pues como hemos actuado de esa manera tantas veces, nos volvemos expertos en esa forma de ser, y con ella creemos movernos como pez en el agua, aunque, realmente, asumir un único papel no es otra cosa que limitarse.

Nos encantan los novelones donde los personajes son blancos o negros, donde la buena es incapaz de romper en rabia. Y donde los malos son incapaces de dar otros matices. Y si alguno de los personajes se sale de su rol, todos saltamos de la silla para exigir que no se salgan del libreto, porque cuando nos cambian la historia, cuando nos sorprenden, nos sentimos fuera del control.

Y así es en la vida real, nos resulta más fácil entender una historia donde mamá siempre sufre, donde papá lo puede todo, donde la hermana mayor es estudiosa y exitosa, donde el hermano menor es un rebelde sin causa, y donde la hermana del medio es una seductora de hombres que nunca se ajuiciará.

Y viendo esa película a diario, no nos cabe en la cabeza que de un día para otro mamá deje de sufrir, papá fracase, la hermana mayor se equivoque, el hermano menor decida “ajuiciarse” y la hermana del medio se enamore.

“¿Y usted de cuando acá se ajuició? No se le olvide que el que es no deja de ser”. Con una frase como ésta aniquilamos cualquier posibilidad de cambio, juzgando duramente cualquier atisbo de novedad en el libreto ajeno, en la forma de ser de los demás. Y con esa misma dureza e incredulidad como juzgamos el cambio en los otros, asimismo asfixiamos cualquier deseo de ser distinto en el propio carácter, porque además creemos que si dejamos de ser lo que hemos sido por años, es muy probable que perdamos el lugar en la familia, en la oficina, o en la pareja.

Parirse a sí mismo

Gabriel García Márquez escribió en una de sus obras: “Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez”. Y es ese el reto que tenemos al despojarnos de esas identidades que nos impiden crecer. Es atreverse a dar a luz nuevas formas de ser, y dejar de decir “es que yo soy así”, para empezar a decir “yo puedo ser otro”.

Es en ese momento cuando el libreto desaparece, cuando la neurosis se desintegra en las fauces de la creatividad. No se trata, pues, de ser un hombre o una mujer de mil caras, porque hay una esencia básica, un “yo soy” que subyace a cualquier millar de cambios; una alegría profunda de existir, de ser totalidad con los otros, que está teñido de un amor profundo que nos impide cambiar para dañar. Sólo da cabida a un cambio placentero para quien lo experimenta y lo propone, y obviamente para quien lo recibe como espectador o coprotagonista de la historia.

Viva su metamorfosis

¿Se acuerdan de La metamorfosis, de Kafka? “Al despertar, tras un sueño intranquilo Gregorio Samsa amaneció convertido en un monstruoso insecto”. Sí, puede que la gente lo observe como un bicho raro. Puede que uno mismo crea que es alguien extraño. Los cambios parecen así, monstruosos, pero no tienen que ser siempre así. Es cierto que para muchos atreverse a parir otra posibilidad de ser es sufrir una enfermedad, porque no es fácil sentir a dos personas luchando en el interior: una clásica que cumple y provee y sigue el guion escrito por otros; y la otra poeta y loca, que escribe su propia vida buscando libertad y gritando cambio. Pero también es verdad que es posible mudar de piel sin dejar de ser, recuperar nuestra vida sin perder nuestra vida.

Puede que el cambio sea un proceso duro, puede que los otros necesiten tiempo para digerirlo. Pero no hay que ser cobardes. Parirse de nuevo puede ser lo mejor que le ocurra en la vida. No se atrinchere en los hijos, ni en la pareja, póngalos a salvo de su propia locura transitoria. Expréseles que los ama, ruégueles que estén ahí para cuando termine la metamorfosis y usted sea ya el que es.

Asegúrese de que miren a los ojos y de que no se asusten, usted está a punto de cambiar su piel porque creció y para eso necesitará estar consigo mismo, a solas, cavilando y dándose permisos. Cuénteles que está en crisis y que no hará caos. No se deshaga de los testigos, no los elimine. Muchos creen que para cambiar hay que borrar las huellas, y entonces borran sus testigos.

El arte es cambiar el propio mundo sin cambiar de mundo. Dígale a la pareja, testigo de tu trasegar, que lo espere, que rece por tu cambio; dígales a los que lo conocen, que se volverá otro siendo el mismo, que lo guarden en su corazón. Deje un caminito de pistas, piedritas y besos para volver a casa. Usted no es culpable de nada, sólo de una adolescencia espiritual en la que hay partes suyas que crecen y que no puede desoír. ¡Buen parto y buena metamorfosis

Fuente: Cromos.com.co

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