La desesperanza aprendida

 

 

 

“Si te sientes amenazado por las circunstancias, retírate a la calma y a la meditación. El único remedio para la duda y el temor es conectarse de nuevo con la más alta verdad.”

 

-I. Ching.

Un  comportamiento de nuestra población, sustentado en una percepción negativa y pesimista respecto a las propias capacidades, y a un destino aparentemente adverso e inmodificable, es el elemento fundamental de lo que se conoce como desesperanza aprendida.

Aunque es un padecimiento que afecta a gran parte de la población, pocos conocen de qué se trata.  Muchas personas pasan por épocas en que saben que algo anda terriblemente mal, pero muchas veces no pueden identificar lo que es.  Todo lo que pueden explicar es una fuerte sensación de que nada va a salir bien.

Martín Seligman , principal impulsor de esta temática, define a la desesperanza aprendida como la frustración intensa y crónica producida por un déficit:

  •  Motivacional,
  • Emocional  y
  • Cognitivo,

Los tres  lleva al individuo a reaccionar por debajo de lo esperado. Dicha condición aprendida del entorno, se empieza a generalizar hacia el pasado, y futuro, alterando su sentido de previsión y planificación, agudizando con esto la resignación y el fatalismo (Valdez, 1997).

Las características personales,  antes mencionadas, de pesimismo, aparecen como elementos  permanentes e inmodificables, por ello el desaliento y frustración conviven diariamente con ellos.  Preocupante es que constituyen modelos imitativos, formas de crianza que progresivamente recalaran en la formación de personas con las mismas características pesimistas que sus progenitores y/o referentes intrafamiliares.

La percepción negativa, perseverante e inmodificable respecto a su presente, pasado y futuro son el resultado de creencias estereotipadas reforzadas en cierta medida por la propia realidad. La desesperanza aprendida en la población no debe ser tomada como el resultado directo de su condición de pobreza sino de la concepción que tienen respecto a dicha condición. Esa representación mental que se caracteriza por ser totalmente disfuncional, rígida e invariable y que es capaz de definir su estado afectivo y por ende enmarca su comportamiento.

Su origen desde el clima familiar se enmarca en una condición económica adversa y por tanto limitante respecto al acceso a la información, servicios y derechos.   Comencemos realzando que la familia, como entorno de influencia primordial sobre todo en los primeros años de vida, determina en buena medida las actitudes y formas de afronte que los individuos asumirán ante eventos futuros.

Bombardeados  por un sistema deprimido y creyendo en que todas las explicaciones están ligadas a la mala suerte, a la voluntad de Dios o a la acción de los gobernantes, acaban por sentirse incapaces de doblarle la mano al destino y abandonar el círculo destructivo. Hay desesperanza hacia cualquier proyecto que se quiera emprender. Se internaliza la idea de NO CONTROL, frente a cualquier ejercicio que se pretenda ejecutar, que paraliza y cierra su mente a la posibilidad de abordarlo desde un nuevo punto de vista.

Hay una actitud pasiva frente al cambio, el esperar que sea un agente externo, y muchas veces mesiánico, el que modifique nuestro continúo malestar, y nos permita en forma definitiva gozar de mejores niveles de vida. Sumemos a eso la poca disposición a esperar el cumplimiento de procesos, producto de la búsqueda de resultados inmediatos y muchas veces de efecto solo momentáneo.

La desesperanza aprendida no solo ocurre a nivel individual, sino es una característica  incluso mesosocial. Actualmente la  condición de pobreza de muchos países y sus diferentes formas de marginación y desigualdad, afianzan aun más esa postura.

No solo se deberá considerar como problemática el mantenimiento del pesimismo frente a las propias capacidades, el pasado y futuro, sino también la existencia de una constante pauta de crianza enmarcada en dichas creencias y la aparición de diversas manifestaciones patológicas, de la cual derivan estados que atentan contra la salud integral como son la depresión, ansiedad, así como su correlato con la violencia física y psicológica.

No es sabio ignorar los sentimientos crónicos de desesperanza. Nuestras almas no pueden vivir mucho tiempo en  un estado de percibida desesperanza. La esperanza es el oxígeno del alma.

Es necesario desarrollar recursos que  permitan aumentar la autoconfianza y adoptar una actitud optimista frente al futuro. La tarea consiste en ampliar la mirada para ver un espectro más completo de alternativas de solución y elección frente a un mismo problema.

Los estudios demuestran que aquellas personas que toman las riendas de sus circunstancias y consideran que de ellos depende lo que pueda lograrse, se enfrentan mas positivamente a las experiencias y son, por lo tanto más exitosos.

Lo más importante es que se comprenda que la gran mayoría de veces, salvo en casos extremos de catástrofes naturales o eventos críticos inesperados, lo que vemos como “problema” es en realidad una idea mental que se genera cuando evaluamos una situación en razón de nuestras posibilidades de resolverlo.  No es algo que esta allá afuera, y sobre lo cual no tenemos influencia alguna. Reflexione sobre esto, tome precauciones y viva lo mejor que le sea posible.

Para superar la desesperanza aprendida, es necesario:

  • Comprender que se trata de una percepción y no de una realidad
  • Asumir que todo pasa y que cada día es nuevo, y está lleno de posibilidades y potencialidades
  • Buscar formas creativas de abordar la situación valorada como amenaza
  • Apoyarse en personas que tengan otros recursos que usted no posee
  • Aceptar , adaptarse y esperar un mejor momento para actuar, si considera que realmente nada puede cambiarse aquí y ahora
  • Buscar en su experiencia conductas que le hayan servido para superar situaciones similares
  • No se enrede. Defina una estrategia y dé un paso al a vez

By Dr. Renny Yagosesky, PHD en Psicología Cognitiva, MSc. en Ciencias de la Conducta, Lic. en Comunicación Social. Conferencista

Fuente: Gestiopolis.com

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